viernes, 27 de febrero de 2009

El jardín del espectro


(Dedicado a Ali, mi hijo)

Y otra vez me sorprende la madrugada, con sus volutas de irrealidad, luces y sombras, la brisa que acecha desde el jardín, el murmullo que dice, levántate, renace, reempieza la vida, sabanas cálidas aún del tibio cuerpo, no mi cuerpo, y el frío helado, el del espectro, de pronto, instándome a despertar, a levantar, a revivir, pero no aún, aún no puedo.
Que hermoso sería dormir, no despertar, volver a la esfera lejana de la cavidad materna, flotar por los espacios inexplorados de la mente, perderse en la inconsciencia.
Pero abro mis ojos, me despierto, absorbo los olores, los colores de la mañana, escucho los sonidos de la casa, el crujir suave de la madera, el chirriar leve de los objetos mudos, el tintinear del vidrio, el arrastrarse de los pasos, los lejanos sonidos del jardín, la omnipresencia del espectro, y me levanto, y encamino mis pasos, ojos, cuerpo, mente, y reanudo una vida, no la mía, y vuelvo a ser otro ser, no ya yo misma.
Y frente a mí, esperando mi reacción y despereza, mi hijo, autista de corazón, de mirada y de mente, que no de cuerpo, reclamándome que piense por él, a mí que ya no puedo pensar, esperando que actúe por el, yo que hace ya tiempo perdí todo impulso de acción, gritándome su ausencia de si mismo y su impotencia, ansiando algo, aún no se el que, porque su mundo es un mundo lejano, al que no puedo llegar, todavía no, aunque tal vez pueda.
Algún día.
Pongo su mano en la mía, un contacto frío, helado, como si no fuera su sangre, que es mi sangre, lo que corriera por sus venas o las mías, sino algún fluido extraño que enfriara cualquier intento de contactar, de comprendernos.
Me mira, aunque no me mira, mira a través de mí, no sé que ve, sonríe, una sonrisa extraña, percibe algo que yo no percibo, algo que solo existe en su mundo autista, caminamos hacia el jardín, le hablo, no sé si me escucha, su mirada sigue lejana, su sonrisa indefinida, su mano aún de hielo.
-Mira, Ali, que hermoso es el jardín, observa todas las tonalidades del verde, del amarillo, del ocre, del magenta, mira la dulce cadencia que envuelve los colores del otoño, y ahora escucha, escucha los sonidos del jardín, su canto, como respira, el murmullo del aire al arrastrar las hojas, el crujir suave de los pequeños insectos sobre las cortezas de los árboles, el gotear del rocío, el quejido de la húmeda tierra, y después de escuchar, respira, respira hondo y percibe sus olores, el fragante de las flores, el picante de la hierba, el ácido del barro, y mas allá de lo que ven los ojos, busca, busca los movimientos imperceptibles de cada pequeño pulgón, de cada rosa, de cada insecto, de cada pequeño habitante en el alma del jardín, y siente, con el alma, con el corazón, siente los espíritus que lo pueblan, que lo habitan, que se esconden tras cada piedra, tras cada oscuro rincón de la hiedra, de la muralla, siente como lo envuelve todo el espectro, mas allá de la percepción de todo sentido.
Y Ali, ajeno a mi inútil charla, a mi absurdo monologo, ríe, llora, grita, todo al mismo tiempo, intervalos de apenas un segundo entre crisis y pálpito, y luego de pronto, silencio, y su canción eterna, aah aaah aaaah, fundiéndose con los sonidos del jardín, con los espíritus.
Me alejo y le dejo allí, frente al jardín, tan solo un rato, mirando sin mirar a algún punto no definido, del jardín, de la casa, del espacio, mientras yo retorno a otra vida, una vida de autómata, en la que trabajo, cocino, limpio, plancho, pienso, medito, planifico y hago aún mil y un cosas mas, cada una en su espacio, cada una en su tiempo, y como, y bebo, y respiro, y llevo y traigo a mi hijo de un espacio a otro espacio, de un sitio absurdo a otro sitio absurdo, donde el va, viene, come, se deja lavar, vestir, dirigir, como un autómata, aún sonriendo, a ratos riendo, llorando, gritando, todo casi al mismo tiempo
.Nos sorprende la noche casi sin avisar, con sus invisibles hilos de duendecillos traviesos, que nos conducen a otra realidad, la de la oscuridad y las sombras, y otra vez la voz del espectro, que me llama, que me encamina al jardín, trenzando en la mia la mano de mi hijo, aún helada, aún ausente.
Le llevo conmigo al jardín, en sombras oscuras, con olores distintos, de penumbras, de espectros.
Ali cierra sus ojos, como si la oscuridad le hiciera daño, o como si no necesitara los ojos para ver, para percibir, percibir cosas que todavía se me escapan, que existen solo en su mundo de autista, y vuelve a su eterno canto, a su sonrisa, no duerme, nunca duerme, y sin embargo sueña, sin duda se que ahora sueña.
-Ali ¿Con que sueñas?
Ali no me contesta, no habla, siempre me olvido que no sabe hablar, pero abre sus ojos, sin dejar su canto, ni su sonrisa, me mira, pero no me mira, mira a través de mí, tal vez mire al jardín, tal vez al espectro, y no se cual de los dos me contesta.
-Mama, sueño contigo.